Isabel Garma, escritora guatemalteca, recientemente publicó
un libro de cuentos, entitulado El hoyito del perraje.
Para acercarnos a un análisis del título de este
libro, el cual también sirve como título para uno
de sus cuentos, y se incluye como una metáfora central
dentro de éste, podríamos utilizar un poema de Humberto
Ak'abal, de su primer libro, El animalero. El poema, entitulado,
"Las polillas", dice así:
Polillas:
carpinteros;
en toda su vida
no han aprendido más que
a fabricar hoyitos. (15)
Yo afirmaría que las polillas carpinteras son los artistas, quienes toman cargo de una realidad preestablecida, pero que no la asumen como algo estático e impermutable. Todo lo contrario, la función principal del artista es encontrar las hilachas a través de las cuales se puede deshilvanar la costura del tejido social para dejarnos ver cómo se podría rearmar, a forma de que el abrigo social que se ha elaborado para protegernos de la interperie animal no se convierta en una camisa de fuerza.
Esta función es especialmente importante en una sociedad en donde la violencia se ha convertido en el principal mecanismo de contención. En este caso, para continuar con nuestra metáfora, el tejido social deja de proteger a las personas, y comienza a sofocarlas. Por lo tanto, hacen falta muchas polillas que puedan roer pequeños hoyitos para que la sociedad respire, y para que se vislumbre un potencial de renovación.
El libro de Isabel Garma sirve precisamente esta función. En esta obra vemos retratada la sociedad guatemalteca de la última década, una sociedad saturada por la violencia que la cubre como la mortaja de un difunto. En tales condiciones el artista tiene la responsabilidad, ante todo, de evocar Pero, en estas circumstancias, cuando se habla de una condición social donde la violencia está a punto de irrumpir en cualquier instante, el artista corre un doble peligro. Primero, se corre el peligro de caer víctima de esta misma violencia como consecuencia del acto de nombrarla. Y aquí debemos tener en cuenta que la publicación de este pequeño libro es un gran acto de coraje. No es circunstancial a este análisis que éste sea el primer libro de narrativa que Isabel Garma haya podido publicar en su propio país.
El segundo peligro que se corre es que el acto de nombrar también constituye un acto de enunciar. Por lo tanto, ¿cómo nombrar la violencia sin al mismo tiempo proyectarla a través del discurso que la evoca? Y es aquí donde, usando la metáfora de Humberto Ak'abal, el artista debe operar como la polilla que fabrica un hueco a través del cual se puede espiar una salida hacia una realidad que esté por encima de la cobertura tradicional.
El perraje que Isabel Garma teje en su texto es el que representa las características de la sociedad guatemalteca contemporánea, una sociedad que se cubre con un manto de colores vibrantes para tapar la podredumbre de sus contradicciones internas, como la tierra fértil que ha encubierto a las fosas comunales que recientemente se han estado descubriendo en el territorio guatemalteco. Los hoyitos de este perraje sirven una doble función. Primero, nos dejan ver hacia adentro para que podamos servir como testigos de la descomposición social que hay que reconocer si se desea superarla. Pero también, estos hoyitos nos dejan ver hacia afuera para que no perdamos la capacidad de la esperanza.
Este texto, por lo tanto, es uno condicionado por dualidades que intentan una labor dialéctica de representar la realidad para desactualizarla. El cuento que da su título a la colección, "El hoyito del perraje", nos presenta esta dualidad a través de sus dos personajes, Juan y María. Ambos pertenecen a la misma comunidad indígena, pero se encuentran en lados opuestos de una demarcación social establecida por la violencia. Juan ha sido reclutado e indoctrinado por el poder militar para servir como una quinta columna dentro de su pueblo. María, la compañera de juegos de la niñez de Juan, es una guerrillera. En una sociedad regida por la violencia todos sus ciudadanos deben definirse a través y en función de ella. En este caso las opciones son la violencia represiva o la violencia revolucionaria.
Juan y María escogen cuál lado de la violencia van a habitar en base a los mismos criterios que los llevaban, en la niñez, a definir la identidad del chorro de luz que penetraba a través de un hoyito en el perraje de la madre de María, cuando los niños se encubrían bajo éste en uno de sus juegos predilectos. Según el testimonio de María, Juan solía afirmar:
. . es la luna María, porque todo lo demás está
oscuro como la noche, no miramos nada--y yo te
respondía es el sol, Juan, porque sus rayos entran
por el hoyito y nos dan luz, nos iluminan un
poquito . . . (17)
Juan sólo ve la parte interior del perraje, del tejido social hilvanado por la violencia. Por lo tanto se identifica con la oscuridad y la ceguera de una sociedad sepultada por su incapacidad de cambio. Para él, entonces, la luz no es más que una tenue claridad prestada que verifica y autoriza la interminable noche de violencia social que deja todo sumido en la nada. María por su parte, ve más allá de la oscura interioridad del rebozo materno, que se ha convertido en una sepultura aniquilante, como la tierra madre que contiene los restos de las aldeas exterminadas por la represión militar. Esta visión hacia afuera le permite imaginar que existe un sol regenerador que todavía brilla sobre la superficie de una tierra cargada de vitalidad.
La relación entre Juan y María establece un contrapunto entre la realidad tal y como es, representada por Juan, y la imaginación creativa de María, quien ve un potencial regenerador a través del hoyito que materializa la descomposición del tejido social. El hoyito expresa a la vez la materialidad corroída de la sociedad guatemalteca, y el idealismo renovador de los que se niegan a aceptar las limitaciones establecidas por esa realidad. El hoyito es la concretización de lo que se está deshaciendo, y por lo tanto sirve para figurar, al mismo tiempo, la desarticulación de cierto orden social como su posible rearticulación.
Esta dualidad de expresión es un reto para el lector, el cual puede identificarse con Juan, aferrándose a una realidad incuestinablemente oscura y arrasadora, o por lo contrario puede identificarse con María, sumiéndose a su proyecto idealista, que parte de la misma realidad, pero que ve el espacio abierto de luz en vez de la fosa encerrada en la oscuridad.
Dado que el lector debe decidir, hay cierto indeterminismo en la conclusión del cuento. Juan es incapaz de condenar a muerte a la que en algún momento fue su prometida. Por lo tanto, en vez de llevarla al cuartel después de capturarla le permite escapar. María le ruega que la acompañe a la montaña, pero Juan siente que él ya ha desperdisiado su pontencial de vida, y le responde:
"Ahora ya es tarde María porque de tanto matar estoy muerto por dentro y ya no podemos caminar juntos sólo dejarte ir porque otra vez ganaste y tenés razón vos mirás la claridad y yo la noche". (18)
La realidad representada por Juan ha quedado aplastada bajo el peso de todas las atrocidades de la cual está compuesta. Por lo tanto no queda más que dejar que los muertos entierren a sus muertos. En un acto sumamente congruente con la realidad que él ha asumido, al final del cuento Juan se pega un tiro. De una visión de la nada como la que nos presenta Juan no se puede lograr otra cosa que la nada.
Por contraste tenemos el potencial representado por María. Este potencial queda abierto en el contexto del cuento, como el hoyito del perraje que se abre hacia la luz. ¿Cómo va a definirse este ideal que pudiera redimir a la sociedad de sus deseos de autodestrucción? Isabel Garma no nos da una respuesta didáctica. De esa manera ella compromete al lector en la búsqueda por una salida de la sepultura en la que la sociedad a caído. El hoyito del perraje es un texto no sólo comprometido pero también comprometedor. Si María ha de representar un potencial regenerador, el lector tendrá que impregnar su imagen con un sentido vital que pueda transformar su promesa en realidad. El camino hacia la superación queda abierto a través del hoyito que nos permite imaginar un más allá por encima de la realidad que atora a la sociedad guatemalteca.
Isabel Garma muestra no temer ser calificada de idealista. Esta soltura es un gran reto para todo escritor a fines del siglo XX, un siglo en que la ideología materialista, basada en la definición de una realidad supuestamente científica, se ha impuesto, restándole prestigio intelectual a todo proyecto idealista.
Pero deberíamos sospechar de este materialismo arrasador. Acercándonos al fin de este siglo podemos ver como tanto el materialismo de izquierda, como el de derecha, ambos desvinculados de verdaderos ideales sociales, han fracasado desde el punto de vista de las necesidades humanas. El materialismo izquierdista ha quedado enterrado tras el derrumbe del llamado bloque socialista, y continúa agonizando en medio de una orgía sanginaria de intereses balcanizados. El materialismo de derecha, por su parte, continúa sustentándose a través de la avaricia y de un fetichismo descontrolado que valora cualquier objeto por encima de todo ser humano. En ninguno de los dos casos se ha planteado la necesidad de definir un ideal para la sociedad humana y de tomar los pasos concretos que nos lleven paulatinamente hacia el logro de tal ideal.
Y es aquí donde el artista tiene una responsabilidad moral, no sólo de representar lo que es, pero también de visualizar lo que podría y debería ser. El idealismo, por lo tanto, debe formar parte de una rigurosidad materialista. El primero desvinculado del segundo nos lleva a un mundo de fantasía que no nos puede informar sobre las necesidades concretas de los seres humanos. Pero, el segundo desvinculado del primero nos hunde en una realidad actual que se entrona en un callejón sin salida. Solamente con una percepción materialista de la realidad, y una visión idealista de las posibilidades, es factible tomar pasos válidos que nos lleven a la superación de nuestras debilidades como especie. Parafraseando las palabras de Lenin, el idealismo sabio es más afín al materialismo sabio de lo que éste podría ser al materialismo caduco. En el siglo XX más que nada hemos visto el triunfo de un materialismo caduco; acercándonos al siglo XXI estamos necesitados de una buena dosis de idealismo sabio para hacer revivir nuestros deseos de mejoramiento.
Y precisamente aquí es donde se sitúa la labor de Isabel Garma, en la definición de un proyecto idealista que, partiendo de una apreciación de la realidad existente, nos permita imaginar un ser humano abierto a la penetración de una luz renovadora. Pero este proyecto no es uno que pueda ser definido por un ser humano en forma aislada. Es un proyecto que sólo puede surgir del aporte coordinado de una multiplicidad de personas. Así entonces, volvemos otra vez a la afirmación de que el texto se nos presenta como un vehículo a través del cual los lectores pueden comprometerse a la búsqueda de un ideal compartido. Solamente cuando todos nosotros como lectores nos plantemos la necesidad de aglutinarnos para definir un ideal en común será posible dar inicio al cumplimiento del proyecto. Dado este enfoque en la responsabilidad de todos los lectores en conjunto, El hoyito del perraje se diferencia claramente del tipo de idealismo decimonónico, y sus variantes en el siglo actual, que imagina la posibilidad de sustrarse del mundo social para definir una superación transcendental. En la obra de Isabel Garma la superación debe darse en forma cotidinana y concreta.
Hay otro cuento en la colección que nos indica esto a través de su metáfora central, la cual también da su título al cuento. Me refiero a la selección entitulada "La sombrilla". En este cuento el narrador es un escritor quien a perdido toda noción de tema para su escritura. Por lo tanto sale a la calle en búsqueda de algún elemento concreto que le dé un tema para su labor creativa. Este elemento se lo proporciona una muchacha común y corriente que de todos modos presenta un pequeño dilema para la imaginación del narrador. Ella ha salido a pasear con una sombrilla en sus manos aunque no parezca haber posibilidad de lluvia.
Dada esta pequeña incógnita el narrador decide seguir a la muchacha. Mientras la persigue a través de las calles de la ciudad va inventando una historia de intriga para definir el significado ambiguo de la sombrilla. Así lo expone el narrador:
. . ¿por qué aprieta tanto la sombrilla, como defendiéndola? a menos que--mi calenturienta imaginación de escritor se inflama--la sombrilla fuera importante y llevara algo en ella. Imagino mangos desmontables, dobles telas, armas o mensajes escondidos. En este país convulsionado puede suceder cualquier cosa en cualquier momento, especialmente con seis fuertes movimientos guerrilleros beligerentes que el Gobierno se empeña continuamente en declarar exterminados. Continúo detrás de la muchacha, ¡definitivamente me interesa! . . . (25-26)
Como en el caso del hoyito del perraje en el cuento anteriormente analizado, la sombrilla aquí también se representa a través de una dualidad de función. Por una parte nos indica algo muy común que no pareciera reunir ningunos de los requisitos necesarios para estimular la creación. Pero, se conforman dos elementos adicionales para abrir todo un panorama de especulación alrededor de este signo deceptivamente llano. Primero tenemos la imaginación del escritor, una imaginación que parte de la realidad concreta, pero que no se limita a aceptar los criterios más superficiales sobre esta realidad. Por otro lado tenemos la situación convulsionada del país que nos indica que la necesidad de penetrar por debajo de la superficie de los signos, como se debe penetrar por debajo de las declaraciones triunfalistas del gobierno, no es un mero juego intelectual de índole borgiana, pero en verdad es una necesidad primorosa para los que quieren vivir en la profundidad de la realidad, y no solamente en su superficie.
Si nos preguntamos entonces, ¿para qué sirve una sombrilla?, la respuesta estará condicionada no simplemente por las características más obvias del objeto, sino que también por las condiciones sociales que rigen en las vidas de los seres humanos quienes deben darle un uso a cualquier objeto, y también por la capacidad creativa de estos mismos seres humanos al momento de definir tal uso. La sombrilla, por lo tanto, sirve el mismo propósito que el hoyito del perraje--es un significante flotante que depende tanto de un contexto real como de un proyecto ideal para volcarse sobre un significado.
En el caso del cuento "La sombrilla" este significado también queda abierto, como lo vimos con "El hoyito del perraje". Después de seguir a la muchacha a través de numerosas calles el narrador sucumbe ante el azote de un chaparrón inesperado. Un evento natural fortuito lo lleva al narrador a aceptar un significado convencional para la incógnita de la sombrilla--en verdad parece haber sido un acierto de la señorita llevar esta sombrilla en contra de lo que parecían testificar tanto los prognósticos meteorológicos como la evidencia sensorial del día colmado de sol. De esta manera el narrador parece cerrar el significado, transformando este significante en un signo llano que solamente nos proporciona un mensaje superficial. Derrotado por la fuerza de la lluvia y por el fracaso de su imaginación el narrador abandona su búsqueda por un tema de profundidad.
Pero lo que resulta ser un fracaso para este narrador no lo es para la relación entre la escritora del cuento y sus lectores. El mensaje, que parece cerrarse en el momento que la sombrilla se habre para proteger a la muchacha de la tormenta inesperada, en verdad continúa abierto porque en el cuento se habre un nuevo espacio narrativo que reemplaza el espacio abandonado por su primer narrador. Este segundo espacio narrativo nos presenta un narrador omnisciente que se instala dentro de la consciencia de la muchacha. Desde esta posición podemos ver que, como lectores, nos es posible ir más allá del significado superficial que el primer narrador acepta. En el último párrafo del cuento leemos:
La muchacha cubierta con la sombrilla rosa, casi corriendo, vuelve a ver al hombre joven parado en el Portal del Comercio. ¡Gran suerte que la lluvia lo detuviera!, porque esa innovación peliculesca del mango hueco de la sombrilla para transportar mensajes la tiene muy nerviosa. Se dirige corriendo al hombre alto y flaco cubierto con un impermeable oscuro que desafía la lluvia parado en una esquina del Parque Central, y le entrega la sombrilla. Sintiendo el agua que empapa el bonito traje, suspira con alivio. ¡La misión estaba cumplida! (26)
La misión que se cumple al final de este cuento es que como lectores otra vez quedamos comprometidos en un proceso de definición que, partiendo del espacio narrativo, nos impulsa a involucrarnos en un búsqueda por un contenido social que pueda superar las contradicciones que nos vemos forzados a vivir. El mensaje que contiene la sombrilla de mango hueco, como el mensaje del hoyito del perraje, queda abierto a la definición de los lectores. Nosotros somos "el hombre alto y flaco cubierto con un impermeable oscuro que desafía la lluvia" y se pone en posición de recibir el significante abierto para después poder dotarlo de un significado.
En El hoyito del perraje Isabel Garma a creado un texto que es a la vez realista e idealista. Partiendo de una realidad social concreta nos propone la necesidad de definir un proyecto idealista de transformación. Esta doble condición expresa al mismo tiempo la dualidad de un texto cerrado y abierto. El libro se cierra alrededor de una realidad horrorizante, la cual presenta con fidelidad, sin escamoteos preciosistas, pero al mismo tiempo se abre a la acción de un lector creativo que pueda ver más allá de esta realidad para definir un espacio social que esté por encima y no por debajo de las contradicciones vigentes.
Isabel Garma ha hecho una labor valiente. Ha mostrado la valentía para definir la condición social tal y como es con su carga de violencia, de corrupción y de miseria. Pero al mismo tiempo demuestra la valentía de mantenerse abierta a un potencial regenerador, y por mantenerse fiel a lo real no deshecha la necesidad de evocar el potencial creativo de los seres humanos, el cual nos permite llegar a ser diferentes de lo que somos. El Hoyito del perraje, en las palabras de Hamlet, antepone un espejo a la naturaleza social; como espejo sirve para mostrarnos como somos, cabe en la imaginación del lector decidir cómo podríamos crear una nueva realidad. Podríamos pero no deberíamos actuar como otro de los personajes del libro de Isabel Garma, el cual, en el cuento entitulado "Platicando", destruye el espejo que le reproduce una fisionomía devastada por todas las experiencias de derrota que lo han dejado aislado y agonizante. Pero dado que el espejo no es nada más que la exteriorización de una verdad de la cual no se puede rehuir, este es un acto de violencia impotente frente a la violencia aniquilante que se desea evadir. El personaje termina devastado por una derrota que ya no es más la acción de una realidad externa, pero que se ha convertido en su propia identidad, en su incapacidad de ver al mundo como es y al mismo tiempo de imaginarlo como debería y podría ser.
Así es que como lectores debemos evadir la tentación de eferrarnos a un sentimiento de derrota, y debemos responder a la valentía de Isabel Garma con nuestra propia valentía, de forma que, en este diálogo abierto que se establece a través del texto, nos podamos ver en el espejo, pero al mismo tiempo podamos realizar que nuestra vida y su contexto social es lo que creamos fuera de los espejos. En las palabras de Nietzsche, "¿Para qué sirve un libro que no nos lleva más allá de todos los libros?" El libro de Isabel Garma es uno que precisamente nos lleva a ponderar lo que hay más allá de su realidad como objeto, a lo cual podemos acercarnos a través de su potencial como proceso. Lo demas, entonces, queda en nuestras manos como lectores creativos.
Ak'abal, Humberto. El animalero. Guatemala: Ministerio de Cultura y
Deportes, 1990.
Garma, Isabel. El hoyito del perraje. Guatemala: Editorial Oscar de León
Palacios, 1994.
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